Masonería

Masonería  El surgimiento de la masonería en Yucatán lo explica Eligio Ancona como el resultado de una combinación de acontecimientos acaecidos alrededor de 1818, tales como la instrucción que, a propósito de sus doctrinas, recibió Lorenzo de Zavala al establecer contacto con algunos masones que, en su calidad de presos políticos, coincidieron con él en la prisión de San Juan de Ulúa. Otro suceso que contribuyó a la implantación de esta sociedad secreta fue el naufragio de la fragata española «Ifigenia» en las costas de Campeche, lo que permitió la llegada de varios desterrados defensores del constitucionalismo, entre quienes figuraban masones. Además, una nueva migración de españoles favoreció el establecimiento de esta agrupación en Yucatán, ya que vinieron a prestar servicios militares varios oficiales jóvenes identificados con esas ideas. Tras el naufragio de la fragata «Ifigenia», y de acuerdo con lo que publicó la revista Humanidad en 1942, sin precisar fechas, en Campeche se fundaron las logias denominadas Las Virtudes Cívicas, La Unión de la Virtud y La Antorcha Luminosa. Las primeras logias constituidas en Mérida fueron La Aurora e Iris de la Paz; la primera de ellas practicó el rito yorkino, pero en 1822 lo abandonó para ingresar al escocés. Eligio Ancona destaca que la introducción de la masonería en Yucatán fue útil tanto para los liberales como para los rutineros, pues en el primer caso, les sirvió para reclutar nuevos adeptos, y en cuanto a los rutineros, les permitió protegerse de los cambios políticos que llegaron a favorecer a sus adversarios ideológicos. La información disponible sobre las actividades de la masonería durante los años siguientes es muy escasa. La masonería en Yucatán tuvo nuevo impulso durante los años posteriores a la restauración de la República, y más concretamente durante la década de 1870. Explica que este apogeo tuvo entre sus principales motivos el conocimiento público de que los más importantes estadistas de la época, como los sucesivos presidentes Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz, hubieran sido integrantes de esa asociación. Las relaciones entre los miembros de la masonería nacional y regional no se reflejaban necesariamente en apoyo político para los masones yucatecos, como lo evidenció el respaldo que Porfirio Díaz otorgó a Francisco Cantón en 1897, en detrimento de los intereses de Carlos Peón quien, a diferencia de Cantón, sí pertenecía a esa sociedad secreta. En 1872, el Gran Oriente de México, logia dirigida por Ignacio Manuel Altamirano, fundó una logia en Yucatán, de acuerdo con Pablo Bolio Ponce, aunque en la fuente consultada no se indica cuál fue su nombre. Dicha organización incorporó en sus filas a varios miembros de notable solvencia económica. A propósito de ello, una obra que Luis Zalce dedicó a la historia de la masonería en México, publicada en 1950, señala textualmente que «destacados representantes del trust monopolizador de las exportaciones del henequén eran masones». Respecto de este punto, es oportuno agregar que Olegario Molina, uno de los grandes exportadores del agave a Estados Unidos de América, participó en la masonería por lo menos desde 1876, cuando ya era integrante de la logia La Oriental. Molina falleció en 1925, y al traerse sus restos desde La Habana, Cuba, esa misma logia le rindió homenaje por considerarlo uno de sus miembros más distinguidos.

Entre las personas que ingresaron a la masonería figuraron principalmente los profesionistas, como médicos, abogados e ingenieros. Al mismo tiempo que esta organización crecía, aumentaron los ataques que la Iglesia Católica y diversos personajes identificados con esta institución dirigieron contra aquélla. En 1870, el obispo Leandro Rodríguez de la Gala adoptó en su Quinta Carta Pastoral la «Instrucción sobre el dogma de la infalibilidad del Magisterio Pontificio, la condenación de las sociedades masónicas y del matrimonio puramente civil», que había sido redactada por el presbítero Crescencio Carrillo y Ancona. El mismo obispo publicó su Octava Carta Pastoral en la que atacó de nuevo a la masonería y al liberalismo. De acuerdo con las concepciones políticas dominantes en aquellos días, el gobernador del estado, Agustín del Río, quien era masón por añadidura, consideró subversivo el contenido de dicha carta, por lo que el caso pasó a manos de un juez de distrito. El magistrado, a su vez, lo transfirió a un jurado de imprenta, y éste encontró culpable a Rodríguez de la Gala por haber promovido ataques al orden público. Cabe señalar que el Papa Pío IX ya había condenado a los masones desde 1846 por medio de su encíclica Qui Pluribus, condena que extendió en su alocución del 25 de septiembre de 1865. La prensa también sirvió de escenario para estas controversias, como las que protagonizó La Revista de Mérida con La Razón del Pueblo.

En 1874, La Revista se quejó de la difusión de doctrinas heterodoxas en el periódico oficial, considerando que las ideas del protestantismo, la masonería y el espiritismo no debían tener cabida en un órgano periodístico del gobierno. La Razón del Pueblo justificó su proceder pronunciándose en favor de la diversidad de creencias en la sociedad. La Revista de Yucatán también manifestó su preocupación ante la posibilidad de que el periódico El Pensamiento, que a fines de 1874 aún no comenzaba a circular, pero ya se anunciaba como un nuevo órgano de prensa, tuviese algún vínculo con la masonería, el cual efectivamente tuvo, según pudo apreciarse una vez que se comenzó a publicar. También hubo personajes que criticaron enérgicamente a los masones desde las páginas de otros periódicos que simpatizaban con el catolicismo.

En 1876, Gabriel Aznar Pérez consideró que la masonería no era más que «bobería y charlatanismo», según publicó en El Mensajero, periódico dirigido por José Vales Castillo. Hernán Menéndez enumera las sociedades masónicas existentes en Yucatán de 1867 a 1897 y enlista las logias José Antonio Cisneros, Voltaire, La Luz, Víctor Hugo y Cuauhtémoc. Edmundo Bolio Ontiveros data la fundación de la logia Víctor Hugo, de Izamal, en 1889. Durante 1882, se fundó en Tizimín la logia Luz de la Villa. El 15 de agosto de 1882, el Supremo Consejo de México otorgó una patente a los masones Olegario G. Cantón, Domingo Evia, Isidro González, Adolfo Cisneros, Luis García M., Luis Serrano y Carlos L. Tapia, para constituir en Mérida la Gran Logia Simbólica del Estado de Yucatán, propósito que aparentemente no se llevó a cabo, ya que de acuerdo con lo que señala Hernán Menéndez, en 1890 todavía no existía ninguna Gran Logia, ya que surgieron grandes desacuerdos entre las logias La Oriental y Víctor Hugo, que impidieron su unificación.

A principios del siglo XX, las logias escocesas iniciaron sus trabajos de organización para constituir una Gran Logia, lo que consiguieron en 1913 al fundar la Gran Logia La Oriental, con patente expedida por la Gran Logia Unida Mexicana del estado de Veracruz. La jurisdicción de La Oriental abarcó originalmente el estado de Yucatán y el territorio de Quintana Roo, pero en 1924 la Gran Logia Unida Mexicana le cedió la jurisdicción correspondiente a Campeche. Una nota anónima publicada en 1922, en la revista masónica El Partenón afirmaba que al fundarse esta Gran Logia se inició «una nueva era para la masonería, alejándola del parasitismo en que vivió durante varios años, sin el más leve prestigio y sin cumplir sus fundamentales postulados». En 1922, la Gran Logia La Oriental tenía entre sus logias sufragáneas las siguientes: Renacimiento, número 1; Ermilo G. Cantón, número 2; Galileo, número 3; Yucatán, número 4; Francisco I. Madero, número 5 (de Izamal); Unión y Progreso, número 6 (del territorio de Quintana Roo); Hiram, número 7 (de Progreso); Benito Juárez, número 8 (de Progreso); Chilam Balam, número 9, y Nachí Cocom, número 10 (de Motul). La logia Nachí Cocom había sido creada en noviembre de 1921, y en su fundación intervinieron Edesio y Acrelio Carrillo Puerto, Ermilo Solís, Segismundo Avilés, Santiago Toraya y Elías Siqueff, entre otros.

En 1925 se fundó la logia Francisco Morales G. en Progreso, también dependiente de la Gran Logia La Oriental. La logia Francisco Morales G. fue designada de esta manera en homenaje al venerable maestro del mismo nombre, de origen canario, que estuvo al frente de la logia Benito Juárez, y que fue ejecutado durante la rebelión delahuertista. Poco tiempo antes, de acuerdo con lo que refiere una nota publicada en El Partenón, varios miembros de la Gran Logia La Peninsular, que ostentaba la misma jurisdicción que correspondía a La Oriental, y a la que ésta, en consecuencia, consideraba irregular, habían tratado de presionar a Francisco Morales para que afiliara la logia Benito Juárez a la logia La Peninsular. Morales no accedió a dichas pretensiones y prefirió suspender los trabajos de la sociedad masónica que tenía bajo su cargo. Las logias La Oriental y La Peninsular se fusionaron el 14 de septiembre de 1928 dando origen a la Gran Logia Unida La Oriental-Peninsular.

Entre las principales publicaciones periódicas que se dedicaron a la difusión de las doctrinas masónicas figuran El Partenón, que comenzó a publicarse en 1918; Fraternidad e Hijos del Mayab, de la década de 1920, e Hiram, que circuló a partir de 1937. Yuri Balam comenta que en la actualidad, a diferencia de la etapa de auge de la masonería en Yucatán, ya no participan en ella los representantes de la burguesía liberal ni personas que cuentan con abundantes recursos económicos, sino que ahora sus miembros son más bien profesores de los sistemas federal y estatal así como funcionarios de dependencias públicas nacionales y locales, lo mismo que profesionistas universitarios, que más bien corresponden a los sectores medios de la población. Las logias que existen actualmente en Yucatán se dividen entre las que practican el rito escocés, por una parte, y por otra las que se adscriben al rito nacional mexicano.